La tradición de cría de camellos, muy extendida en las zonas desérticas y semidesérticas de Marruecos, se originó con el estilo de vida nómada de los habitantes, y logró sobrevivir al sedentarismo de la población con la instalación de corrales en las afueras de las ciudades del Sur de Marruecos, donde se cuidan los camellos destinados a la producción de leche. Los nómadas se dedicaron también a la cría de ovejas y cabras, pero el camello sigue siendo su principal doméstico por ser el más adaptado a la naturaleza saharaui.
La tradición de la cría de camellos incluye varias actividades, como cuidar del animal desde el nacimiento y domarlo, preparar la comida, levantar la jayma y arreglar las herramientas necesarias a la actividad. Entre estas herramientas figura la silla en sus dos variedades: la llamada (Rahila) destinada para el hombre y la llamada (Amchkab) destinada a la mujer. Las tradiciones relacionadas con la cría y la convivencia con el camello son un proceso que requiere mucho entrenamiento y práctica, que sólo la sociedad nómada tradicional puede procurar.
Es verdad que el camello es esencial en la vida nómada, pero es más verdad que su valor supera lo material y se llena de simbolismo acreditado en la tradición oral, donde protagoniza cuentos y poesías, citas y proverbios, con una terminología rica y variada que denomina al camello según su edad, su sexo, su entrenamiento, su color y otras especificaciones.
El camello es también presente en los diferentes escenarios sociales y simbólicos, constituyendo un regalo (tarzift), un crédito (mniha), una ofrenda de reconciliación (taarguiba) o un especialista de las carreras (laz). Además, otras actividades son ligadas a la cría de camellos como la albeitería tradicional, las habilidades de busca de pasto, las capacidades de orientarse en pleno desierto y seguir las huellas.